Los días de lluvia, donde hay esas tormentas fuertes y fulminantes, siempre me traen recuerdos de aquellos momentos especiales vividos bajo las gotas de agua. Y, justamente, la última tormenta me recordó un capítulo de la novela "Todos los días resucita un amor" que pronto terminaré. Es un pasaje inolvidable que, dudo mucho, pueda ser reemplazado por algún otro... Es solo un trocito de un capítulo de mi novela...
Manuel entró a su casa mojado por la lluvia. Se fue caminando desde la oficina para evitarse el desastre de la hora pico que habita el subterráneo a las seis de la tarde. Así también aprovechaba para pensar. La discusión con Gisela lo había descolocado bastante y las gotas podían enfriar un poco el malestar del mal rato.
Antes de cruzar la puerta de su habitación le sonó el teléfono. Metió la mano en su bolsillo empapado y lo sacó. Fue grande la sorpresa cuando leyó el nombre de ella bien grande y con su foto al lado, destellando en medio de la campana polifónica.
"¿Qué pasó?", le lanzó frío y rehacio. "Me acaban de atracar", replicó Gisela entre lágrimas. Manuel cambió la cara y perdía el color del rostro a medida que le contaba como un malandro la interceptó detrás de un puesto de diarios y le exigió a punta de pistola el bolso gris en el que llevaba su portátil. Según dedujo, ya la venían vigilando días atrás en su camino de la oficina al Metro. El delicuente se subió en la parte de atrás de una moto que se detuvo con otro al volante justo frente a ellos y se fue. "¿Dónde estás?", preguntó Manuel mientras se deshacía de su ropa mojada y se cambiaba para salir a buscarla. "Estoy muy asustada, no quiero salir. ¿Y si me están esperando? Estoy dentro del centro de comunicaciones en la calle que baja al Recreo. Por favor, ven rápido, estoy muy nerviosa. "Voy para allá".
La lluvia no fue motivo para detener a Manuel. Corrió como hacía años que no lo hacía. Atravesó cuadras y pisó charcos, mientras lo único que se le cruzaba por su cabeza era ella, Gisela, mojada y llorando rodeada de extraños. Llegó al boulevard de Sabana Grande, que tenía más gente que agua. Las personas lo miraban correr, y esperaban con su cabeza girada el motivo por el cual parecía huir. Sorteaba familias, niños, parejas tomadas de la mano y no se detuvo durante las ocho cuadras que los separaban.
Parecía una película, o así lo vieron ellos cuando recordaban el episodio años después; cuando se vieron por última vez. A Manuel se le hacía eterno el camino. Solo quería llegar, verla, tocarla, abrazarla. Ella quería que él llegara. Que la abrazara y la sacara de ahí.
Manuel se paró en la puerta. Gisela alzó la vista y caminó hacia él con lágrimas en los ojos. Se abrazaron un instante. A ninguno le importó que sus ropas estuviesen chorreando agua. El calor de ese abrazo era suficiente para que pasara lo malo. La tomó por la cintura y salieron de allí. La calle era un desastre, el tráfico anormal y no paraba la tormenta. Las nubes grises hicieron que oscureciera más temprano y la poca iluminación de la calle no ayudaba a sus tacones a acertar cada paso. Pero él la sostenía, seguro, para que notara que siempre estaría a su lado y que nunca,jamás, la dejaría caer.
Trataron de conseguir un taxi, pero los de la línea del centro comercial no querían trabajar debido a la lluvia. Uno de ellos "se apiadó" a cambio de cien bolívares que los llevarían "Pa´donde quieran ir". Manuel aceptó y se subieron al viejo Ford. Ahí ella lo miró, aún nerviosa le tomó de la mano y después de comenzar a llorar le dijo "Gracias. Gracias por estar siempre conmigo. Perdona lo de más temprano". Él la miró a esos ojos que le ganaban a la noche, a cualquier día nublado y respondió: "Ya está. No importa". Se besaron hasta que el ruido de los claxons desapareció. Hasta que el silencio revivió lo que momentáneamente había muerto esa tarde. Al separarse y abrir los ojos ya estaban en su casa. Bajaron corriendo y entraron al edificio. Ella se miró en el espejo del ascensor y trató de acomodar su cabello, lo miró en su reflejo y lo abrazó, muy fuerte, por unos segundos, hasta que las puertas se abrieron tras ellos...
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