miércoles, 8 de febrero de 2012

Una ruptura que dura para siempre



Terminar una relación es algo bastante complicado. Es difícil en cualquiera de sus momentos. Al principio, cuando aún estás en esa etapa de ilusionarte, de acostumbrarte, de tolerar, te queda esa sensación de vacuidad por lo que pudo ser y no fue y, quizás, el trauma es más doloroso, pero con una duración menor. A mitad de una relación, en ese período flat en el que la rutina es el principal enemigo y que todo, aparentemente, es "normal", una ruptura cae como un balde de agua helada y nos deja la mirada en shock.Ya para el final de una relación, cuando sabes que tienes todos los problemas del mundo y que simplemente aguantas a tu pareja por no estar solo(a), la sensación que más jode es justamente el tratar de desacostumbrarse a muchas cosas y empezar de cero.

Toda ruptura, temporal o definitiva, siempre es positiva. Algo te deja la frustración de finalizar un ciclo, haya durado lo que haya durado. Se aprende, se reflexiona, se cambia, se llora. Pero lo que tiene cada fin es que hace a la otra persona inolvidable, al punto de que en el futuro cercano y lejano recordarás cinco cosas de manera fácil e inmediata: cuando la(o) conociste, la primera cita, la primera y ultima vez que tiraron (garcharon, follaron, cogieron), alguna ocasión especial (un viaje, un cumpleaños, una cena, un accidente, una "falsa alarma") y cuando terminaron. De resto, hay que hacer mucha memoria para acordarse de lo demás.

Sin embargo, y en esto estoy totalmente en contra, hay seres humanos, tanto hombres como mujeres (y seguramente más hombres que mujeres) que a pesar de terminar una relación, a pesar de haberse separado de la convivencia, divorciado, agarrado sus cuatro cosas e irse como el chavo de la vecindad, siguen orbitando al otro como buitre; y peor aún, reclaman y exigen como si nada hubiese pasado.

En pocas palabras, detesto sobremanera ese machismo tercermundista troglodita retardatario de que "tu eres mía", "vos sos mi señora", "sigues siendo la madre de mis hijos", "yo te desvirgué y me perteneces", y demás expresiones patéticas, que lo único que indican es la frustración de la persona en cuestión por no conseguir a alguien más, y que solamente aminoran su miseria haciendo sentir al(la) otro(a) más miserable.

Si terminaste, terminaste, coño. No tienes derecho a pataleo, ni a formar una escena, ni a hacer sentir mal a nadie porque bailó, besó, frotó, mordió, escupió a otra persona; ni siquiera al segundo después de decir "ya no estamos más juntos". Que el otro evolucionó, siguió para adelante, consiguió a alguien mejor que tú al darse la vuelta no te da derecho a fastidiarle la existencia, por más que hayan nacido siameses.

Ese círculo vicioso, esas rupturas que nunca acaban son las que se tienen que superar. De ambos lados. No hay que acosar, no hay mirar Twitter ni Facebook para ver si tiene a otra(o). Si la(o) ves en un boliche rodeado de pretendientes, anda y consigue los tuyos y no le arruines el momento. Ninguno de los dos tiene potestad ni privilegios con el otro. Maduren.

La mejor separación es la que se tiene solo, con "esa banda de amigos que me aguanta el corazón". Es más humano y menos psicópata dejar al(la) otro(a) por su cuenta; y si tiene que resucitar ese amor pues seguro lo hará. Si no, es más bonito recordar bien a ese(a) compañero(a) y forjar una amistad o, mejor dicho, resucitar el amor en otro nivel.

  

No hay comentarios: